7/9/2026
Conviene reflexionar sobre cómo ha sido la vida de las generaciones nacidas después de la Segunda Guerra Mundial. Aunque ha sido precisamente durante este período cuando se han producido los cambios y avances, especialmente tecnológicos, más espectaculares de nuestra era, también se consolidó un modelo de relaciones diplomáticas y de convivencia entre los países, especialmente en el mundo occidental, que, lamentablemente, parece estar llegando a su fin.
Fue precisamente como consecuencia de las dos Guerras Mundiales cuando nacieron instituciones como la ONU, con el objetivo de intentar evitar los conflictos bélicos que habían sido una constante en la historia de la humanidad. La conocida afirmación de Clausewitz, «La guerra es la continuación de la política por otros medios» (Clausewitz), retrata la lógica imperante hasta la aparición de estas instituciones, que pretendían precisamente prolongar la política y evitar el recurso a la guerra. Surgió entonces la denominada «Guerra Fría», que, al menos, no provocó la destrucción y la pérdida de vidas de las guerras convencionales y que, precisamente desarrolló la tecnología que hoy utilizamos para casi todo y de la que ya no podemos prescindir.
Es precisamente a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando conocemos y disfrutamos del denominado estado del bienestar. Cada vez más servicios financiados por el Estado (naturalmente, con nuestros impuestos) como la educación, la sanidad, la movilidad o las prestaciones por jubilación y desempleo. A ello se ha sumado, ya en el siglo XXI, una tecnología que nos «facilita» una vida basada en comunicaciones y acceso inmediato y gratuito al conocimiento, a costa de nuestra privacidad.
Como consecuencia, nuestra sociedad ha evolucionado hacia la comodidad, la inmediatez y la gratuidad. No cabe duda de que cada vez hay menos empresarios y empresarias, que son el auténtico motor de la economía y que, además, no cuentan con el apoyo que debería proporcionarles el Estado, cuando es quien más necesita de ellos.
Permítanme que, desde mi formación y experiencia como economista, recuerde que los números son tozudos: dos más dos siempre son cuatro, tanto para ganar como para perder, y todo aquello que tiene un coste debe financiarse. Si Europa debe aumentar el gasto en Defensa del 2 % al 5 % del presupuesto, habrá que recortar, y de forma importante, en otras partidas. El Estado no podrá seguir pagando como hasta ahora, por mucha voluntad política que exista.
El Estado deberá actuar tanto sobre la recaudación de ingresos como sobre la racionalización del gasto y de las inversiones. Es un debate recurrente, sobretodo desde que disponemos de una Hacienda moderna, pero resulta imprescindible ofrecer una mayor seguridad jurídica a quienes, mediante su actividad empresarial, generan valor añadido para la economía. Del mismo modo, en materia de gasto e inversión, será necesario priorizar las verdaderas necesidades y garantizar la máxima transparencia.
Las medidas articuladas a través del sistema tributario para incentivar determinadas actividades, como la compra de vivienda, la contratación de seguros de salud mediante mutuas, las ayudas a determinadas actividades económicas o la contratación de personal, han ido reduciéndose o desapareciendo por motivos recaudatorios, cuando, en realidad, representan un importante apoyo para las propias arcas del Estado.
En definitiva, el panorama que tenemos por delante no es sencillo y las reformas serán profundas.
Deberán hacerlas, las harán y convendrá estar preparados.
Josep Massó
Socio de TAX
jmasso@tax.es